El soldado no tiene ninguna posibilidad. Resbalar, cuando luchas desde una posición inferior, es una sentencia de muerte. El filo de una naginata milenaria le atraviesa la garganta, dejando por últimas palabras un gorgoteo sanguinolento. Su cuerpo rueda por las marmóreas escaleras, distrayendo por un instante, a los que le siguen. Una eternidad para un luchador experto. En un movimiento, otro sudario en la noche.
Dos muecas de sorpresa rebotan hasta sus aterrados compañeros.
El látigo de un oficial hace subir la siguiente oleada. Marchan cautos, tras la masacre que acababan de presenciar. El oro prometido ha dejado de ser un incentivo. La sombra que recorta la furibunda tormenta, ha dejado de ser sólo una mujer.
Unos metros más arriba, a la entrada del templo de los Siete Padres, espera, con su armadura de combate y una sonrisa en los labios, un último guerrero. La leyenda de la ciudad roja. La Reina.
Su rostro, impasible, se ríe de la vanidad de su enemigo. Ha prohibido las flechas en un intento de capturarla con vida.
-“Ya dormiré mañana”- murmura con cada golpe, mientras siega vidas con la fuerza de la desesperación, ajena a un cansancio de unos músculos que llevan más de tres décadas de agotador entrenamiento.
No hay rastro de temor o de duda. No en ella. Ningún vestigio de piedad. No en ella. No en La Reina.
Un breve respiro. Una pequeña oración por sus camaradas caídos.
El gigantesco Ta, la montaña de las hachas gemelas, ha sucumbido tras una treintena de heridas, riendo, como siempre, tras romper el cuello, con las manos desnudas, de sus dos verdugos.
A su lado, yacen los gemelos Yang. Luchaban con las manos izquierdas entrelazadas, con la armonía surgida de la fusión de sus almas. Las docenas de cadáveres a sus pies dan fe de su destreza.
A los pies de la Reina, descansa Ikki, el taciturno. Arpista y arquero de cabellos argénteos. Su rostro refleja la sonrisa que por años vetó la lealtad… hacia un amor imposible.
Por último, en el corazón del ejercito enemigo, rodeada por los despojos de la flor y nata rival, reposa Ashira, la Rosa negra, la Hija del viento. La más bella, la más letal. Su daga de pedrería había atravesado las filas del ejército traidor, en busca de su líder. Cuando víctima y verdugo cruzaron sus miradas, la Rosa vaciló. Su error intercambió sus papeles.
El aullido de una bestia lejana marca la llegada de la aurora. La mortecina luz del alba avanza despacio por el valle, como si temiera descubrir el horror de la matanza. Los rayos rojizos se detienen ante la colina de Los Antepasados, donde, al final de sus setecientos setenta y siete escalones, tragedia y noche esbozan su epílogo.
La Reina se despoja de su armadura. Su hombro izquierdo sangra. Ya no importa.
Un hombre de armadura escarlata asciende. A su paso, los soldados se arrodillan. Es su Némesis.
-“Hola, hermanita” - Una máscara oculta su sardónica sonrisa.
- “Nunca escuchaste las enseñanzas de Padre, Kusemono” - Más aullidos. Las alimañas saciarán pronto.
-“Ven, soy tu hermano. Rinde tu hoja y te dejaré marchar. Al exilio. Podrás lamer las heridas de tu joven cachorro, y de su banda”.
-“Kusemono, tienes mucho que aprender. Aún no eres rey”.
El ataque es casi perfecto. La maniobra, conocida como “la serpiente que camina”, siempre es mortal, en un sentido u otro. Casi perfecto. La Naginata real roza el costado de su adversario, y queda atrapada por su brazo. La katana es más afortunada. Atraviesa el abdomen de la Reina hasta la empuñadura, dejando sus cuerpos entrelazados en un fraterno y mortal abrazo.
-“Hermano...¿recuerdas? Nunca, luches donde quiera tu enemigo.
Nunca, luches como quiera tu enemigo
Y sobretodo, nunca celebres la victoria con tu enemigo, sino sobre él.”
Kusemono siente frío. El violento despertar de un sueño. Los lobos no aúllan al amanecer.
Retrocede un par de temblorosos pasos. Se quita el yelmo. Ya sabe que su ejercito, agotado y en mala posición, está perdido. Mira a su hermana, y al templo que defiende, como por primera vez. En sus ojos no hay rencor. Hace un gesto de sincero acercamiento. Nunca lo concluye. El fango y la sangre del suelo abren sus manos para recibir su agonía. La muerte llega antes.
La Reina reza. Reza por él, con una daga ensangrentada aún en la mano.
-“Te creías sabio, hermano...pero sólo fuiste inteligente.”
lunes, 16 de noviembre de 2009
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Aquí estoy, sigo vivo
Voy, viviendo y disfrutando,
mando a la mierda el mañana,
al ayer, por la ventana,
hoy por hoy sigo fumando.
¿Mundo? Ni sé, ni me importa,
¿Soy malo?¿amoral, tal vez?
Bendita mi estupidez,
Que ni por dioses se corta.
Nunca, doblo las campanas,
no me arrastro, ni por Eva
la fe, para mí, una ameba,
amo el jamón, no manzanas.
¿Hay que morir? Moriremos...
Prefiero ser ¿Sólo estar?
¿Parecer? ¿Sólo soñar?
¿Hay que vivir? Viviremos...
Cuando llegue al cementerio,
no quiero llantos por mí,
porque amé, viví y sentí
todo menos cautiverio.
mando a la mierda el mañana,
al ayer, por la ventana,
hoy por hoy sigo fumando.
¿Mundo? Ni sé, ni me importa,
¿Soy malo?¿amoral, tal vez?
Bendita mi estupidez,
Que ni por dioses se corta.
Nunca, doblo las campanas,
no me arrastro, ni por Eva
la fe, para mí, una ameba,
amo el jamón, no manzanas.
¿Hay que morir? Moriremos...
Prefiero ser ¿Sólo estar?
¿Parecer? ¿Sólo soñar?
¿Hay que vivir? Viviremos...
Cuando llegue al cementerio,
no quiero llantos por mí,
porque amé, viví y sentí
todo menos cautiverio.
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